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Lisbona, en Tarazona, durante el curso de verano sobre el Tratado de Utrecht

“Utrecht nos enseña que los pueblos más permisivos con el otro son los más avanzados”

José Antonio Lisbona ha intervenido en el curso de verano Ciudad de Tarazona, sobre el Tratado de Utrecht

El escritor y periodista José Antonio Lisbona ha sido uno de los ponentes de lujo de la recién finalizada décima edición del curso de verano Ciudad de Tarazona, que organizan la Universidad Rey Juan Carlos I y el Ayuntamiento turiasonense, y que en esta ocasión ha versado sobre los 300 años desde la firma del Tratado de Utrecht, que puso fin a la Guerra de Sucesión española.

 

Ha venido a Tarazona para reflexionar sobre un tratado que significó mucho para Europa y su modernidad...

El tercer centenario del tratado de Utrecht, en este sentido, es muy importante porque gran parte de la reconversión territorial que se delimitó a partir del siglo XVIII en Europa se gestó allí. En el caso de España, esto fue esencial para el final de su imperio; siempre se habla del desastre de 1898, pero fue en 1713 cuando dejamos de ser una gran potencia.

Si cambió Europa, también lo hizo el conjunto del marco mediterráneo, algo que usted conoce bien...

Desde luego. Para tener en cuenta la España de la que hablamos con arreglo a las culturas hebrea o árabe puedo contar la anécdota de que, en el artículo 10 del Tratado, en el que se hace oficial la cesión de Gibraltar y Menorca a los británicos, se les pedía que no dejaran habitar allí ni a judíos ni a musulmanes. Esto demuestra la intolerancia en la que se encontraba España en pleno siglo XVIII, frente a otras potencias como los ingleses o los toscanos, en Italia, que se desarrollaban jugando con la carta de los 'infieles' al cristianismo. Los españoles pensaban en la religión como premisa y otros en su auge económico, y ahí está el despegue de ciudades como Ámsterdam, Livorno, Venecia o Londres. El desarrollo del comercio en el Mediterráneo y el norte de Europa es, en buena medida, producto de esos judíos expulsados antes de la Península Ibérica.

Entiende, por tanto, que España vivió inmersa en un atraso feudal hasta mucho más adelante por causas como esta.

Hasta el siglo XIX, en 1812, no rompimos con ese feudalismo clerical y la intolerancia religiosa se mantuvo como signo de poca modernidad.

¿Qué enseñanzas podemos extraer de Utrecht hoy en día?

Existen muchas conclusiones. Una de ellas, por ejemplo, es que los pueblos más permisivos con el otro son los más avanzados. La mezcla conlleva mejora. Lo estamos viendo con ejemplos en Europa o en América Latina. No es casualidad que los españoles no destaquemos en tecnología o industria frente a nuestro entorno.

¿Qué hay del mundo árabe, en plena segunda eclosión de revueltas en Egipto?

Viven una revolución social que afecta a muchos países; primero el Magreb, por dos veces Egipto, una guerra civil en Siria... Estamos ante un mundo que ha permanecido bajo dictaduras o bien de monarcas absolutistas o bien fruto de golpes de estado y con una tasa enorme de población joven que busca otras respuestas, semejantes a las que se aplican en Europa con las democracias y que allí están descubriendo, pero junto a un auge del islamismo. Habrá que ver cómo compaginan ambas cosas.

El caso de Egipto es paradigmático: un doble rechazo...

Y tanto, a Mubarak y a los hermanos musulmanes que imponen el velo a todas las mujeres. En cierta medida recuerda a lo que sucedió en Argelia en los noventa. Insisto, el mundo árabe tiene que gestionar sus aspiraciones de libertad con la implicación de la religión islámica, algo que siempre convendría separar.

¿Tarazona es un marco apropiado para hablar de las tres culturas?

Ya lo creo. Este curso, para empezar, es un lujo porque cuenta con un programa digno de cualquier universidad de prestigio y una elevada asistencia. En mi caso, que tengo raíces en Teruel, ya que de allí eran mis padres, es especial estar en un sitio como este, en el que existe un patrimonio tan rico si hablamos del mudéjar, de los judíos... Por último, es importante cultivar la idea de las tres culturas, lo que no implica que planteemos un marco idílico de convivencia que resultaría irreal.